Voy a bajar de peso para mi Amor propio: Del amor y otros demonios

Al escoger el título de este post, me llamó mucho la atención que la protagonista del libro de García Márquez “Del amor y otros demonios” sea una mujer que sufre mucho. Y es que aunque suena totalmente ilógico, es eso lo que está de detrás de muchos planteamientos del llamado “Amor propio”.

Muchos contenidos de las redes sociales usan el término “Amor propio” para lo que sea. Desde una cuenta de apoyo a las personas que han sufrido de algún tipo de abuso, dependencia emocional o trastornos de alimentación y en algunos casos todas las anteriores desafortunadamente, y hasta cuentas que venden dietas, programas para bajar peso.

¿Por qué pasa esto? Desde mi punto de vista es un ciclo que se retroalimenta: Inicia por el sufrimiento de alguien con respecto a su cuerpo o apariencia y termina en el sufrimiento causado a sí mism@ por la exigencia de “Tener que amarse” mientras se tortura con una dieta restrictiva y un programa de entrenamiento hiper-exigente. Aquí más de un@ saltará diciendo que entonces “cuidarse esta mal” y no, ese no es mi punto, mi punto es ¿Cuidarse es tratarse mal?, porque me parece absurdo.

Así como me parece absurdo que la mejor forma de “Aceptarme” sea cambiar quien soy. O también me parece absurdo que la mejor forma de amarme es decirme cosas lindas que me dijeron que tenía que decirme y que no me creo. Si vamos a hablar de AMOR, estamos hablando de una relación, que en este caso es conmigo mism@ y que como toda relación necesita lo siguiente: Una fase de conocer y una fase de quitarme la expectativa de que todo me tiene que gustar.

No es posible que todo me guste ni de mí, ni de nadie. Siempre habrá algo que no me guste y está bien (tenemos derecho). Todos los días en mi consulta de psicología clínica y fuera de ella en mi vida personal escucho a las personas quejarse de su cuerpo “Si bajara 5 kilitos estaría perfecta”, “Seguro me dejó por esa vieja que es más flaca y más linda que yo”, “¿Cómo me ves? ¿Me he engordado verdad?” y seguro para usted que está leyendo esto le pasa lo mismo y probablemente (por desgracia) le parece normal. Hemos normalizado el maltrato a nosotros mism@s, creyendo que es por “nuestro bien”.

Cada vez que escucho algo así me regreso a mis clases de psicología clínica en la universidad en las que hablaban de la relación entre el abusador y su víctima, en las que se hablaba sobre cómo las personas víctimas de abuso en sus relaciones de pareja pueden empezar a justificar estos comportamientos asumiendo la culpa de lo que pasó tipo “el me pega por mi bien, yo no debí salir a la calle vestida de esa forma”.

¿Horrible verdad?, pues ahora dígame la diferencia con esto “Me doy muy duro a mi mism@, pero es por mi bien, así seré mejor”.

Y con esto no quiero decir que no es posible querer ser mejores de forma sana, lo es, pero con límites y la forma sí que cuenta. Si la forma es haciéndome daño de cualquier tipo no está bien. Dejemos de tomar tan literal el “no pain, no gain”, una cosa es que yo me esfuerce por lo que quiero y otra es no tener límites en la forma de lograr las cosas. Ya que la historia ha demostrado que “el fin no justifica los medios” y aplica para todo.

Así que necesitamos límites, una palabra que aparentemente tod@s entendemos pero que va más allá de decir “NO”, es conocer lo que necesito para mi bienestar físico, mental, emocional y relacional, así como necesito conocer lo que me hace daño si lo permito. Y a que no adivinan: cualquier forma de maltrato de parte externa o de parte nuestra me hace daño.

Aquí empieza el debate de “Son la generación de cristal” y pues el punto es el siguiente: No se trata de que nada me incomode, ¡¡¡Todo lo contrario!!! Es dejarme sentir incómodo con aquellas cosas que no me gustan, pero aprender a diferenciar la incomodidad de la forma en la que me trato a mi mísm@. En otras palabras, SENTIR es distinto de ACTUAR, sentir disgusto por una parte de mi cuerpo es algo natural que no hace ningún daño, mientras que tratarme mal a mí mismo por el hecho de sentir disgusto por esa parte de mi cuerpo sí.

¿Por qué?

Porque tratarme mal implica un juicio de valor y eso trae consigo una exigencia, que a su vez le pone una carga emocional mayor y convierte un disgusto en un sufrimiento.

Se los pongo de la siguiente forma si alguien te pregunta “¿prefieres color azul o naranja?”, tu respuesta implica que algo te gusta más que lo otro, puede que el color azul sea tu favorito y el naranja sea el que menos te gusta. Pensar en el color naranja que es tu menos preferido ¿te genera algún sufrimiento?, seguramente no (Si te lo genera pide una cita). Así estamos hablando de un disgusto por el color naranja.

Ahora planteemos que la casa en la que vives está rodeada de árboles de naranja porque tu familia vive del cultivo de naranjas y eso te obliga a ver ese color todos los días de tu vida. ¿Se convierte en un sufrimiento esa condición? Seguramente no.

Pero ahora le vamos a agregar un juicio de valor “Todo lo que sea naranja representa una falla, nadie debería ver naranja jamás”. Esto inmediatamente hace que el naranja deje de ser una opción que te puede gustar o disgustar y ahora se volvió algo malo, indeseable. Entonces ver este color alrededor de tu casa en los árboles de naranja será una tragedia, hará que sientas vergüenza de llevar a tus amigos y te llevará a pedirle a tus padres todos los días que corten todos esos árboles.

Ahora pensemos que el naranja es un abdomen no definido, si lo ves sin juicios es tan solo una preferencia que no se dio, si le pones el juicio es una tragedia.

Dejemos de pensar que el problema está en mi incomodidad con algo, porque en realidad está en mi incapacidad de aceptar lo incómodo, ver las cosas sin juicios de valor y reconocer que eso hace parte de mí.

Entonces la próxima vez que quiera amar a alguien o a sí mismo, conózcal@ en lo que le gusta, le es indiferente y no le gusta y así podrá tener una relación real que le permita sentir cosas reales en lugar de frases de cajón.

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